“Correr carga mucho las rodillas”. “Sube la cadencia para descargar la rodilla”. “Esta zapatilla reduce la carga de rodilla”. Utilizamos continuamente expresiones parecidas, pero un nuevo estudio plantea una pregunta bastante básica que a menudo olvidamos: cuando hablamos de “la rodilla”, ¿a qué estructura y a qué tipo de carga nos estamos refiriendo exactamente?
La rodilla no es una pieza única sometida a una sola fuerza. Dentro de ella conviven diferentes articulaciones, superficies, huesos, tendones y tejidos que participan de manera distinta durante cada apoyo.
Un trabajo publicado el 4 de octubre en el Journal of Sports Sciences ha intentado precisamente identificar qué variables biomecánicas permiten estimar las cargas de dos articulaciones diferentes durante la carrera: la patelofemoral y la tibiofemoral.
El estudio, realizado por investigadores vinculados a Harvard Medical School, Ohio State University y University of Montana, incluyó a 106 corredores: 53 mujeres y 53 hombres. Puede consultarse en Journal of Sports Sciences.
Patelofemoral y tibiofemoral no son lo mismo
Articulación patelofemoral
Es la interacción entre la rótula y el fémur. Durante la flexión y extensión de la rodilla, la patela se desplaza por la tróclea femoral mientras el cuádriceps transmite fuerza a través de ella.
Articulación tibiofemoral
Es la articulación principal entre fémur y tibia. Soporta y transmite fuerzas durante el apoyo, la propulsión y prácticamente cualquier actividad en carga de la extremidad inferior.
Hablar simplemente de “carga sobre la rodilla” mezcla ambas estructuras bajo una misma etiqueta.
Y el nuevo trabajo no lo hace. Los investigadores estimaron por separado las fuerzas de contacto patelofemorales y tibiofemorales mediante un modelo musculoesquelético construido a partir de datos obtenidos durante carrera sobre una cinta instrumentada.
Además, tampoco existe una única manera de medir la carga
El estudio distingue tres resultados diferentes para cada articulación.
Por un lado está la fuerza máxima de contacto: el punto de mayor fuerza durante el apoyo. Por otro, la tasa de carga, relacionada con la rapidez con la que aumenta esa fuerza. Y finalmente aparece la carga acumulada, que intenta representar lo ocurrido a lo largo del apoyo en lugar de quedarse únicamente con el valor máximo.
Por tanto, incluso dentro de una misma articulación podemos hacer preguntas diferentes. Una técnica podría modificar el pico de fuerza sin necesariamente modificar de la misma forma la velocidad con la que aparece o la carga acumulada durante todo el apoyo.
Esto ayuda a entender por qué frases como “esta técnica reduce la carga” pueden quedarse demasiado cortas si no explicamos qué carga, dónde y cómo la estamos cuantificando.
Cinco variables aparecieron como predictores
Los corredores realizaron la prueba sobre una cinta instrumentada mientras los investigadores registraban cinemática tridimensional, fuerzas y variables temporoespaciales.
Después utilizaron modelos estadísticos —incluyendo LASSO y regresión lineal— para estudiar qué variables podían ayudar a estimar las fuerzas de contacto.
En la articulación patelofemoral aparecieron como predictores significativos:
• fuerza vertical máxima contra el suelo
• flexión máxima de rodilla
• dorsiflexión máxima de tobillo
• longitud del apoyo
• ángulo de ataque del pie
Y resulta especialmente interesante que las mismas cinco variables apareciesen también relacionadas con los resultados tibiofemorales, aunque el análisis se realizó de manera específica para cada articulación.
El estudio tampoco encontró diferencias significativas entre hombres y mujeres en los conjuntos de predictores identificados para las variables patelofemorales o tibiofemorales.
Eso no significa que ya sepamos cómo “descargar la rodilla”
Aquí es donde conviene frenar antes de convertir el paper en una receta de técnica de carrera.
El estudio es transversal. Observa la biomecánica de corredores y busca qué variables permiten predecir determinadas fuerzas internas estimadas.
No asignó a los participantes a cambiar conscientemente su apoyo, su flexión de rodilla o su dorsiflexión para comprobar qué ocurría después. Tampoco siguió durante meses a los corredores para saber quién desarrollaba dolor patelofemoral, artrosis, una lesión meniscal o cualquier otro problema.
Una variable capaz de predecir parte de una fuerza articular no se convierte automáticamente en una palanca que podamos modificar para prevenir lesiones.
La dirección causal tampoco puede deducirse simplemente de una asociación observada en un estudio transversal.
Este matiz se parece bastante a lo que vimos recientemente en Trigloberos al analizar por qué medir correctamente una variable biomecánica no significa automáticamente saber qué hacer con ella.
Las fuerzas internas tampoco se midieron directamente
Otro punto importante es comprender qué significa “fuerza de contacto” en este tipo de investigaciones.
Los investigadores no introdujeron sensores en las articulaciones de 106 corredores. Las fuerzas patelofemorales y tibiofemorales fueron estimadas mediante un modelo musculoesquelético utilizando los datos obtenidos mediante captura tridimensional y la cinta instrumentada.
Es una metodología utilizada habitualmente para estudiar cargas internas que serían extremadamente difíciles de medir directamente en condiciones normales.
Pero sigue siendo una estimación modelizada. Eso importa cuando trasladamos los resultados a un corredor concreto.
Entonces, ¿podemos decir que una técnica descarga una estructura y carga otra?
Conceptualmente es posible que una modificación biomecánica redistribuya las demandas dentro del sistema musculoesquelético. De hecho, ya hemos visto en otras investigaciones que cambiar zapatilla, cadencia o geometría de carrera puede modificar diferentes variables de forma no uniforme.
Pero este trabajo concreto no debería utilizarse por sí solo para afirmar una dirección específica del tipo “si haces X descargarás la patelofemoral y cargarás la tibiofemoral”.
Lo que sí hace el estudio es obligarnos a formular mejor la pregunta.
En lugar de preguntar:
“¿Esta técnica reduce la carga de rodilla?”
quizá deberíamos preguntar:
“¿Qué variable de carga estamos modificando, en qué articulación y durante qué parte del apoyo?”
Esa diferencia puede parecer puramente académica, pero cambia bastante la manera en la que interpretamos estudios, vídeos de técnica o recomendaciones de entrenamiento.
Un impacto vertical menor tampoco cuenta toda la historia
La presencia de la fuerza vertical máxima contra el suelo entre los predictores resulta interesante porque esta es una de las variables más accesibles mediante diferentes sistemas de medición.
Pero incluso aquí sería un error convertir inmediatamente “menos fuerza vertical” en “rodilla más protegida”.
Las cargas internas dependen también de cómo se posicionan las articulaciones y de las fuerzas musculares necesarias para controlar el movimiento. Precisamente por eso el modelo utiliza variables como flexión de rodilla y dorsiflexión de tobillo además de las fuerzas externas.
Una fuerza que medimos desde fuera no es necesariamente igual a la fuerza que experimenta una estructura concreta dentro del cuerpo.
Es una distinción que también aparece en nuestro análisis sobre cómo las superzapatillas pueden redistribuir las demandas mecánicas sin aumentar o reducir todas las cargas en la misma dirección.
Y tampoco hubo una respuesta diferente entre hombres y mujeres
El diseño equilibrado de la muestra permite además estudiar una cuestión que muchas veces queda sin responder en biomecánica: si los predictores cambian entre sexos.
En este caso, los autores indican que no encontraron diferencias significativas en los predictores específicos por sexo para ninguna de las medidas patelofemorales o tibiofemorales analizadas.
Eso no significa que hombres y mujeres tengan necesariamente fuerzas idénticas ni que su biomecánica sea exactamente la misma. Significa que, dentro de este modelo y esta muestra, no fue necesario identificar conjuntos de predictores distintos para estimar las variables estudiadas.
El objetivo real del paper es también llevar parte del laboratorio fuera
Hay además una segunda lectura interesante.
Los investigadores eligieron deliberadamente variables que puedan aproximarse mediante herramientas relativamente accesibles, como vídeo 2D y wearables, en lugar de depender exclusivamente de sistemas complejos de captura tridimensional.
El objetivo de fondo es encontrar maneras razonables de estimar cargas articulares fuera de un laboratorio.
Eso encaja con una tendencia que estamos viendo estos meses. Sensores de consumo empiezan a relacionarse con fuerzas internas en Aquiles y patelofemoral, relojes estiman fuerzas verticales y cada vez podemos registrar más variables durante cientos de kilómetros de entrenamiento real.
Pero nuevamente conviene distinguir entre estimar una carga y predecir una lesión.
Son dos problemas científicos muy diferentes.
Una rodilla sana necesita carga
También hay algo importante que suele perderse cuando hablamos continuamente de “reducir carga”.
La carga no es automáticamente mala.
Correr consiste precisamente en aplicar y recibir fuerzas. Huesos, músculos, tendones y cartílago necesitan estímulo mecánico para mantener y desarrollar su capacidad.
El problema no puede reducirse simplemente a encontrar la técnica que produzca el menor número posible en cada variable.
Como vimos también al analizar por qué aparecen tantas molestias durante una preparación de maratón, la relación entre carga y lesión depende de exposición, progresión y capacidad individual para tolerarla.
Quizá deberíamos cambiar nuestro lenguaje
| Frase habitual | Pregunta más precisa |
|---|---|
| “Esto carga la rodilla”. | ¿Qué estructura y qué variable de carga estamos midiendo? |
| “Esta técnica descarga la rodilla”. | ¿Reduce un pico, la tasa de carga o la carga acumulada? ¿En qué articulación? |
| “Hay demasiado impacto”. | ¿Qué fuerza externa medimos y qué sabemos sobre la carga interna? |
| “Cambia tu pisada para protegerte”. | ¿Qué evidencia demuestra que ese cambio modifica la estructura que nos preocupa? |
| “Menos carga es mejor”. | ¿Menos respecto a qué y para un tejido con qué capacidad de adaptación? |
Lo que este estudio sí permite decir
El trabajo aporta un conjunto de variables biomecánicas relativamente accesibles que ayudan a estimar fuerzas de contacto patelofemorales y tibiofemorales durante la carrera.
Demuestra además que podemos analizar esas dos articulaciones por separado y distinguir entre pico, tasa de carga y carga acumulada.
Eso ya es suficiente para cuestionar una simplificación muy extendida.
Cuando decimos que correr “carga la rodilla”, probablemente estamos metiendo demasiadas cosas distintas dentro de una sola frase.
Este nuevo estudio no nos proporciona una técnica universal para descargarla ni demuestra qué modificación evitará una lesión. Lo que hace es algo quizá menos espectacular pero bastante más útil: mostrar que para hablar de carga necesitamos especificar qué estructura, qué fuerza y qué momento estamos intentando entender.
La próxima vez que alguien diga que una zapatilla, una cadencia o una forma de apoyar “reduce la carga de rodilla”, quizá la mejor respuesta no sea discutir si tiene razón o no.
Quizá lo primero sea preguntar: ¿qué carga de qué parte de la rodilla?











