Un resultado de triatlón cabe en una línea. Tercera en IRONMAN Texas, 8:31:06. Segunda en Lake Placid. 13ª en el Mundial de Kona. Quinta de la IRONMAN Pro Series. Lo que no cabe en esa clasificación son las 829 horas de entrenamiento, los 231 días fuera de casa, los 141 días viviendo y entrenando en altura o los 86.500 kilómetros recorridos en avión que Marta Sánchez ha acumulado para llegar hasta allí.
La triatleta española ha cerrado su temporada publicando algunos de los números que hay detrás de su 2026. Y probablemente sean una buena excusa para recordar algo que desde fuera olvidamos con demasiada facilidad: cuando vemos cruzar una meta a un profesional estamos contemplando unas horas de competición. La verdadera temporada ha sucedido durante los meses anteriores.
Una temporada que empezó después de una lesión importante
Los números tienen todavía más contexto si recordamos cómo terminó 2025. Marta llegó al Mundial de Kona arrastrando molestias y posteriormente se descubrió una fractura por estrés en el fémur distal. El invierno empezó, por tanto, recuperando antes de poder volver a construir.
Su primera parte importante de preparación volvió a llevarla a Kenia, uno de los lugares que ya se ha convertido en habitual en su calendario. Marta ha explicado en varias ocasiones la importancia que tiene para ella entrenar en Iten, lejos de muchas de las distracciones del deporte profesional occidental y en un entorno donde correr y entrenar forman parte de la vida diaria.
Desde allí empezó un año cuyo objetivo estaba bastante claro: regresar sana a Kona y ser competitiva dentro de la IRONMAN Pro Series.
829 horas de entrenamiento en 40 semanas
Entre el 1 de enero y el 12 de octubre, Marta contabilizó 829 horas y 46 minutos entrenando, que en su resumen convierte en una media de 20 horas y 45 minutos por semana.
Pero mirar únicamente las horas sigue sin explicar bien el volumen porque estamos hablando de tres deportes más el trabajo de gimnasio. En el agua acumuló 721 kilómetros, aproximadamente 18.020 metros semanales. En bicicleta recorrió 13.514 kilómetros, con una media de 338 kilómetros por semana. Corriendo sumó 1.867 kilómetros, cerca de 47 kilómetros semanales.
Y a los kilómetros de bicicleta hay que añadir otro número especialmente llamativo: 177.210 metros de desnivel positivo. Su propia comparación lo explica mejor que cualquier tabla: aproximadamente veinte ascensiones al Everest acumuladas durante la temporada.
Los 47 kilómetros semanales corriendo son un buen ejemplo de por qué copiar el entrenamiento de un profesional mirando una sola disciplina tiene poco sentido. No son 47 kilómetros sobre un cuerpo que únicamente corre. Llegan acompañados de natación, bicicleta, gimnasio, desplazamientos y recuperación. El estímulo y la fatiga acumulada no tienen nada que ver con los de un corredor que hace el mismo kilometraje semanal.
Dos maratones por debajo de tres horas después de 180 kilómetros en bicicleta
Si hay una evolución deportiva que resume bien su temporada está en la carrera a pie del Ironman. En Texas firmó 2:59:41 después de 3,8 kilómetros nadando y 180 kilómetros en bicicleta. Terminó tercera en 8:31:06 y consiguió además su plaza para Kona.
Era su primera maratón sub-3 dentro de un Ironman. Tres meses después volvió a hacerlo. En Lake Placid terminó segunda con 8:51:30 y corrió el maratón en 2:59:33. Dos Ironman durante la misma temporada y dos maratones por debajo de las tres horas.
Cuando analizábamos antes de Kona por qué Marta era una de las mujeres a las que había que vigilar, ése era precisamente uno de los datos que más había cambiado la ecuación. Su natación podía colocarla delante desde el inicio y ahora tenía también una carrera a pie capaz de mantenerla peleando en posiciones muy altas.
Ocho carreras, cinco países y una temporada construida alrededor de la larga distancia
Marta compitió ocho veces durante esos meses, repartiendo su calendario entre Estados Unidos, España, Eslovaquia, Dinamarca y Francia. Fueron tres Ironman completos y cinco pruebas de media distancia.
| Prueba | Resultado | Tiempo |
|---|---|---|
| IRONMAN 70.3 Oceanside | 6ª | 4:16:55 |
| IRONMAN Texas | 3ª | 8:31:06 |
| Challenge Salou | 3ª | 4:08:23 |
| The Championship Samorin | 5ª | 4:02:21 |
| IRONMAN 70.3 Elsinore | 5ª | 4:06:33 |
| IRONMAN Lake Placid | 2ª | 8:51:30 |
| Mundial IRONMAN 70.3 · Niza | 15ª | 4:34:53 |
| Mundial IRONMAN · Kona | 13ª | 9:10:25 |
Son ocho carreras de larga o media distancia en poco más de seis meses. Solo tres aparecen como podios en una clasificación, pero todas forman parte del proceso que permitió llegar a octubre peleando no únicamente por un resultado en Kona, sino también por una posición de privilegio en la IRONMAN Pro Series.
De Texas al tercer puesto provisional de la Pro Series
El podio de Texas colocó pronto a Marta dentro de la pelea. Después llegaron sus resultados en Elsinore y, especialmente, el segundo puesto de Lake Placid, que terminó consolidándola entre las mejores clasificadas del campeonato.
Antes de Kona llegó a Hawái situada tercera en la clasificación de la IRONMAN Pro Series. El Mundial tenía por tanto una doble importancia: era el gran objetivo deportivo del año y al mismo tiempo decidiría su posición final en una competición que premia la regularidad durante toda la temporada.
Kona: mucho más que un 13º puesto
Si nos limitamos a mirar la clasificación, Kona terminó con Marta Sánchez en 13ª posición. Pero su propio relato de la carrera explica bastante mejor lo que ocurrió durante esas horas y por qué reducirlo todo a ese número sería quedarse únicamente con la última línea de la historia.
La carrera comenzó prácticamente como estaba previsto. Marta salió tercera del agua y afrontó la bicicleta instalada en la zona delantera de la prueba. Sin embargo, desde los primeros kilómetros empezó a notar que algo no funcionaba como debería. Su frecuencia cardiaca era anormalmente alta para la potencia que estaba desarrollando y durante buena parte del segmento tuvo la sensación de estar peleando constantemente por mantenerse dentro de la carrera, tanto física como mentalmente.
No fue hasta aproximadamente el kilómetro 150 de bicicleta cuando consiguió encontrar finalmente un ritmo en el que empezó a sentirse algo más cómoda. Para entonces llevaba ya varias horas gestionando un esfuerzo que no estaba respondiendo como esperaba.
Y, sorprendentemente, la carrera a pie comenzó bien. Hay además un punto del recorrido que tenía para ella un significado muy especial. Al abandonar Queen Ka’ahumanu Highway para dirigirse hacia el Energy Lab pasó por el lugar en el que había tenido que abandonar en Kona el año anterior.
Ella misma explicó después que probablemente fue “la persona más feliz del recorrido” al superar ese punto. Después de todo lo ocurrido en 2025, simplemente continuar corriendo por allí significaba cerrar una pequeña herida pendiente con la isla.
La alegría, sin embargo, duró poco. En el kilómetro 30 del maratón sufrió algo que asegura no haber experimentado en ninguno de sus nueve Ironman anteriores: chocó contra el muro.
Todavía estaba peleando por entrar en el Top 10, pero la carrera cambió completamente a partir de ese momento. Marta dejó de sentir que estuviera compitiendo y pasó a concentrarse simplemente en conseguir llegar hasta la meta.
Lo describió como entrar en “modo supervivencia”. Incluso pidió disculpas después a quienes la animaron al cruzarse con ella porque en aquellos kilómetros no fue capaz ni siquiera de devolverles una sonrisa, aunque asegura que era consciente y agradecía cada uno de esos ánimos.
Cruzar la meta terminó exigiéndole todo lo que le quedaba. Después necesitó la atención del equipo médico hasta recuperarse y reconocía con cierta ironía que ni siquiera había detenido el reloj al terminar.
Hay una línea muy fina entre tener el día con el que has soñado y ver cómo una carrera empieza a desmoronarse. Kona volvió a recordárselo. Unas horas antes estaba saliendo tercera del agua y peleando por el Top 10; treinta kilómetros dentro del maratón el objetivo se había reducido a conseguir alcanzar la meta.
Y quizá eso explique también por qué, pese a todo, en su reflexión posterior no había rechazo hacia la isla. Marta decía haberse marchado inspirada por las actuaciones y las historias de muchos otros participantes y, apenas recuperada de una de las carreras más difíciles de su trayectoria, reconocía que ya tenía ganas de volver en 2027 para volver a ponerse a prueba.
El 13º puesto sigue estando ahí. Pero ahora sabemos bastante mejor qué hubo dentro de ese 13º.
Del tercer puesto al quinto de la IRONMAN Pro Series
El resultado de Kona terminó moviendo a Marta dos posiciones en la clasificación general y cerró el campeonato en quinta posición de la IRONMAN Pro Series 2026.
Es fácil escribir “quinta de la Pro Series” y pasar al siguiente resultado. Algo parecido ocurre con un 8:31 en Texas o un segundo puesto en Lake Placid. Son cifras que terminan condensando nueve meses de vida en una línea.
El carrusel que Marta ha publicado al terminar la temporada permite abrir esa línea y mirar dentro.
141 días en altura: Kenia, Sierra Nevada y Flagstaff
Uno de los datos más llamativos de todo su resumen son los 141 días entrenando y viviendo en altura. Prácticamente la mitad de su temporada.
Los bloques se han repartido por tres entornos especialmente conocidos dentro del entrenamiento de resistencia: Iten, Sierra Nevada y Flagstaff.
Iten, en el valle del Rift de Kenia, se encuentra alrededor de los 2.400 metros y es uno de los centros neurálgicos mundiales de los deportes de resistencia. Allí entrenan habitualmente algunos de los mejores fondistas del planeta y Marta lleva varias temporadas utilizando este entorno dentro de su preparación.
El Centro de Alto Rendimiento de Sierra Nevada está situado a unos 2.320 metros de altitud. Allí es posible concentrar natación, carrera, gimnasio y recuperación dentro de un mismo entorno y controlar buena parte de las variables que rodean al entrenamiento.
Y después está Flagstaff. Para muchos aficionados españoles el nombre puede resultar menos familiar que Sierra Nevada o Iten, pero esta localidad de Arizona, situada alrededor de los 2.100 metros, es uno de los grandes centros estadounidenses de entrenamiento de resistencia en altura. Su ubicación permite además combinar sesiones en altura con desplazamientos relativamente sencillos hacia cotas inferiores para determinados trabajos de intensidad.
Fue precisamente en Flagstaff donde Marta realizó parte de su preparación final para Kona.
141 días no son un pequeño stage de tres semanas para buscar una adaptación puntual. Significan organizar casi cinco meses de tu vida alrededor de dónde puedes entrenar mejor.
231 días fuera de casa
Y entonces llegamos probablemente al número que mejor explica lo que significa ser profesional a este nivel: Marta pasó 231 días fuera de casa durante esos primeros 285 días del año.
El 81 % de la temporada.
Porque entrenar como profesional no significa simplemente disponer de todo el día para hacer deporte. También significa vivir donde toca entrenar, no necesariamente donde está tu casa. Significa enlazar una concentración con una carrera, viajar directamente a otro país, hacer una preparación en altura y desde allí desplazarse hasta el siguiente objetivo.
Cuando el mejor lugar para preparar una carrera está a miles de kilómetros de casa, el deportista profesional no decide únicamente dónde entrenar. Está decidiendo dónde va a vivir durante las siguientes semanas.
24 vuelos y más de dos vueltas al mundo
El otro dato que casi nunca aparece en TrainingPeaks son los aeropuertos. Marta contabiliza 24 vuelos y aproximadamente 86.500 kilómetros recorridos en avión, el equivalente a dar 2,16 vueltas completas al planeta.
Eso implica hacer y deshacer maletas, transportar bicicletas, material de natación y carrera, pasar controles de seguridad, gestionar conexiones, cambios horarios, alimentación en viaje, horas sentado y el riesgo permanente de que el material no llegue al mismo aeropuerto que tú.
Viajar, adaptarse al huso horario, cambiar de clima, regresar a la altura o bajar de ella también forman parte del rendimiento, aunque ninguna de esas horas aparezca dentro del volumen semanal de entrenamiento.
Lo que un puesto en meta no cuenta
Ésta es quizá la parte del deporte profesional que más fácilmente olvidamos. Vemos a una deportista cruzar la meta y la clasificamos inmediatamente por un puesto o por un tiempo. Tercera. Decimotercera. 8:31. Fuera del Top 10.
Y con esos datos construimos una valoración sobre su temporada.
Pero el resultado es únicamente la parte del trabajo que se ve. No vemos las semanas en Kenia, los días viviendo en Sierra Nevada, las concentraciones en Flagstaff, los aeropuertos, el trabajo de recuperación, la alimentación organizada alrededor del entrenamiento o la obligación de continuar cuando el lugar donde más te gustaría estar es tu casa.
Ser profesional también significa renunciar
A veces desde el deporte aficionado miramos al profesional con cierta envidia. Puede entrenar cuando quiera, descansar entre sesiones, viajar a lugares espectaculares y dedicar su vida precisamente a aquello que nosotros intentamos encajar antes de trabajar o cuando terminamos nuestras obligaciones.
Todo eso es cierto, pero solo es una parte. La otra consiste en que cuando el mejor lugar para preparar tu temporada está a diez mil kilómetros de casa, te vas allí. Cuando necesitas varias semanas de altura, esas semanas se convierten en tu vida. Cuando hay que competir en Estados Unidos, Dinamarca, Francia o Hawái, buena parte del calendario personal termina subordinado al deportivo.
Y ni siquiera todo ese sacrificio garantiza nada. Puedes hacer 829 horas de entrenamiento, llegar a Kona en el mejor momento de tu carrera, salir tercera del agua y estar peleando por un Top 10 para terminar chocando contra el muro en el kilómetro 30 del maratón.
Quizá ésta sea una de las mayores diferencias entre el deporte profesional y el amateur: el profesional puede hacer prácticamente todo bien y aun así no conseguir el resultado que había ido a buscar. El trabajo aumenta las posibilidades. Nunca garantiza el puesto.
Los números impresionan; el contexto todavía más
721 kilómetros nadando, 13.514 kilómetros de bicicleta, 177.210 metros de desnivel, 1.867 kilómetros corriendo y 829 horas y 46 minutos entrenando. Sobre una pantalla son cifras espectaculares.
Pero probablemente los números que mejor cuentan la temporada sean otros: 231 días fuera de casa, 141 en altura y 24 vuelos. Porque esos no hablan únicamente de capacidad física. Hablan de la decisión de organizar prácticamente todo un año alrededor de intentar ser un poco más rápida.
Muchas veces vemos una clasificación y pensamos que sabemos cómo ha ido la temporada de un profesional. Un puesto y un tiempo son muy fáciles de leer. Todo lo necesario para conseguirlos lo es bastante menos.
Marta Sánchez termina 2026 con un 8:31 en Ironman, dos maratones por debajo de tres horas, tres podios, una 13ª posición en Kona y el quinto puesto de la IRONMAN Pro Series.
Pero detrás de esa línea de resultados quedan 829 horas entrenando, casi cinco meses en altura y 231 días lejos de casa. Quizá ahí esté el dato que mejor explica lo que significa intentar competir entre las mejores triatletas del mundo.











