Hay una frase que funciona muy bien en una camiseta, en Instagram o en un vídeo motivacional: “si quieres, puedes”. El problema aparece cuando sustituimos con ella al entrenamiento y el reto consiste en meternos en un río con corriente junto a cientos de personas.
Eso es, simplificando mucho, lo que ha convertido al IRONMAN 70.3 Paraguay del pasado 11 de octubre en una historia internacional. El empresario e influencer brasileño Pablo Marçal acudió a la prueba de Encarnación acompañado por decenas de personas de su entorno. Parte del grupo había preparado el reto durante apenas unas semanas y varios de sus integrantes mostraron ya durante el reconocimiento previo dificultades y miedo en el agua.
La historia tiene todos los ingredientes para acabar convertida en carnaza sobre un influencer polémico. Pero creo que hacerlo sería desperdiciar lo más interesante. El verdadero problema no es Pablo Marçal. El problema es hasta qué punto hemos normalizado afrontar un triatlón de media distancia estando muy poco preparados precisamente para el segmento en el que menos margen existe para improvisar.
inscritos en la prueba.
no superaron el corte de natación.
distancia finalmente nadada tras reducirse el recorrido.
La organización vio el problema antes incluso de comenzar la carrera
El recorrido original contemplaba los habituales 1,9 kilómetros de natación de un 70.3, pero las lluvias de los días anteriores habían incrementado considerablemente la corriente del río Paraná. La organización decidió reducir el segmento a 1,5 kilómetros.
El sábado, durante el reconocimiento previo, apareció un segundo problema que no tenía nada que ver con la distancia. El responsable de la carrera, Rodrigo Recalde Larrea, explicó posteriormente que observaron a un grupo numeroso de participantes que parecían tener mucho miedo al agua y dudaron de su capacidad para nadar durante tanto tiempo en aquellas condiciones.
La reacción de la organización fue reforzar el dispositivo. Se incorporaron 15 profesionales adicionales de seguridad y diez kayaks extra. Aun así, 64 de los 386 inscritos terminaron superando el límite máximo permitido en la natación y quedaron eliminados.
Eso supone aproximadamente uno de cada seis participantes.
El propio Marçal tuvo que abandonar el río ayudado por una moto acuática. De los 64 eliminados, 35 eran brasileños y al menos 18 estaban vinculados al grupo próximo al influencer, según las informaciones publicadas desde Brasil y Paraguay.
“En 23 años en triatlón nunca había visto algo parecido”
La reacción de Rodrigo Recalde fue especialmente dura. El organizador calificó de irresponsable la actuación de parte del grupo y aseguró que en 23 años vinculado al triatlón nunca había presenciado una situación semejante.
El caso fue trasladado además a IRONMAN Global para estudiar cómo gestionar situaciones parecidas en el futuro. Cuatro participantes fueron denunciados por presunta conducta antideportiva después de no aceptar la eliminación, negarse a entregar el chip o continuar la prueba pese a haber superado el corte de la natación.
Aquí conviene separar lo demostrado de algunos titulares que han aparecido posteriormente. No podemos afirmar que Marçal convenciera personalmente a treinta personas sin entrenamiento para hacer un IRONMAN. Su equipo niega haber organizado o dirigido la participación colectiva y sostiene que cada persona tomó la decisión de acudir y entrenó individualmente.
Lo que sí sabemos es que algunos integrantes reconocieron públicamente preparaciones extremadamente cortas. Uno afirmó haber decidido afrontar el reto once días antes; otro había comenzado a nadar hacía apenas unas semanas.
Y uno de los propios miembros del grupo acabó haciendo después una reflexión bastante más útil que cualquier frase motivacional: explicó que habían afrontado el 70.3 con alrededor de quince días de preparación y que no hay forma de prepararse para una prueba así en ese tiempo.
El problema no es completar 1.500 metros: es dónde tienes que completarlos
Aquí es donde creo que la historia empieza a resultarnos bastante cercana. Si alguien me dice que puede nadar 1.500 metros seguidos en piscina, eso me dice algo sobre su capacidad para hacer un triatlón.
Pero no me dice todo.
Una piscina tiene una línea negra en el fondo, una pared cada 25 o 50 metros, agua prácticamente inmóvil, una profundidad conocida y la posibilidad de agarrarse al bordillo cada pocos segundos. Nadamos por una calle propia y, si tenemos un problema, normalmente tenemos una referencia inmediata y un lateral muy cerca.
En aguas abiertas desaparece prácticamente todo eso. No existe línea negra. La boya puede quedar oculta por el oleaje. La corriente puede sacarnos continuamente de nuestra trayectoria, alguien puede golpearnos o pasar por encima, las gafas pueden llenarse de agua, podemos tragar agua cuando intentamos respirar y, sobre todo, podemos encontrarnos a cientos de metros de un lugar donde apoyar los pies.
Y entonces descubrimos que nadar 1.900 metros y ser capaz de afrontar una natación de 1.900 metros en un triatlón no son exactamente la misma habilidad.
Nos preocupan mucho las aguas en las que nos hacen nadar
Curiosamente, los triatletas hablamos muchísimo de la seguridad de la natación, pero casi siempre mirando hacia la organización.
Este verano tuvimos un ejemplo perfecto con el IRONMAN 70.3 de Versalles. La prueba prevista inicialmente para julio acabó cancelándose por una combinación de temperaturas extremas y presencia de cianobacterias en la Pièce d’Eau des Suisses. Cuando finalmente pudo celebrarse en octubre, la natación se trasladó al Grand Canal del Palacio de Versalles.
También discutimos cuando una competición nos mete dentro de un puerto, cuando el agua tiene un aspecto que no nos gusta o cuando una prueba tiene antecedentes de problemas microbiológicos. Y me parece perfecto. La organización tiene la obligación de proporcionarnos unas condiciones razonablemente seguras y de controlar la calidad del agua.
Sin ir más lejos, yo sigo mirando el Lago de la Casa de Campo con recelo cada vez que paso por allí pensando que algún día podría caer en la tentación de hacer un triatlón allí. De momento he conseguido resistir y aunque cuando allí se celebran triatlones, se hace con autorizaciones, dispositivo de seguridad y controles del agua nunca me ha parecido un lugar que sea sanitariamente apto y preparado para nadar.
Pero existe otra parte de la seguridad que depende de nosotros y de la que hablamos bastante menos.
¿Estamos preparados nosotros para el agua que nos vamos a encontrar?
En muchos triatlones veo participantes que no consiguen superar el corte de natación incluso cuando el agua está en buenas condiciones. Y eso, por sí solo, no significa que sean irresponsables ni que no hayan entrenado: un mal día lo puede tener cualquiera. Pero también es evidente que hay gente que llega al triatlón con una preparación acuática demasiado justa, confiando en que el día de la carrera el agua esté tranquila y se parezca todo lo posible a la piscina donde ha entrenado.
El problema aparece precisamente cuando deja de parecerse. Basta algo de oleaje, corriente, viento, mala visibilidad o una salida con muchos participantes para descubrir que hacer metros en una calle no había preparado todas las situaciones que íbamos a encontrar.
Y creo que cualquiera que lleve unos cuantos triatlones habrá visto escenas parecidas: personas que nadan mucho más de lo necesario porque apenas levantan la cabeza para orientarse, gente que tiene que parar continuamente para recuperar la respiración, participantes que se bloquean con el primer contacto o que empiezan la prueba ya con una ansiedad enorme por encontrarse rodeados de nadadores.
No hace falta ridiculizar a nadie. Al contrario. Precisamente porque todos podemos tener un mal día, cuanto mejor dominemos ese entorno antes de ponernos el dorsal, más recursos tendremos cuando algo no salga como esperábamos.
La natación no perdona de la misma forma que una mala preparación corriendo
Podemos apuntarnos a un maratón poco preparados y probablemente sea una mala idea. Quizá acabemos caminando durante diez kilómetros, suframos más de la cuenta y tardemos seis horas. No lo recomendaría, pero existe una vía bastante evidente para reducir el problema: bajar el ritmo, caminar o directamente sentarnos.
En bicicleta también podemos disminuir la velocidad y parar, aunque obviamente existen otros riesgos, pero en mitad de un río o a 800 metros de la costa las opciones son distintas.
Podemos detenernos, flotar, ponernos de espaldas, pedir asistencia o agarrarnos a un kayak si existe esa posibilidad, y saber hacerlo forma precisamente parte de estar preparado. Lo que no podemos hacer es apoyar un pie en el fondo y caminar hasta que recuperemos el aliento.
Por eso me chirría especialmente el lenguaje del “reto mental” aplicado a las aguas abiertas. La determinación puede ayudarnos a seguir pedaleando cuando las piernas duelen; no sustituye la habilidad para mantener la calma y controlar la respiración cuando tragamos agua rodeados de nadadores.
La evidencia también señala a la natación como el segmento más delicado
No hace falta utilizar el caso de Paraguay para afirmar que la natación merece un tratamiento especial. Una gran serie publicada en Annals of Internal Medicine estudió muertes y paradas cardíacas en triatlones estadounidenses durante tres décadas. Entre 4,77 millones de participaciones contabilizadas, identificó 135 fallecimientos, paradas cardíacas reanimadas o muertes traumáticas.
De las muertes súbitas y paradas cardíacas, 90 ocurrieron durante la natación, muy por encima de las registradas durante ciclismo o carrera a pie.
Esto necesita un matiz enorme: no significa que esas personas murieran porque “nadaban mal”. En una proporción importante de las autopsias aparecieron alteraciones cardiovasculares clínicamente relevantes, y existen mecanismos como los eventos cardíacos o el edema pulmonar por inmersión que pueden contribuir a emergencias incluso en buenos nadadores.
La conclusión razonable no es que si nadamos mejor eliminemos el riesgo. Es que el agua es precisamente el lugar donde una emergencia resulta más difícil de identificar, detener y atender, razón de más para no añadir a ese riesgo inevitable una falta de preparación evitable.
Estar preparado para nadar en aguas abiertas no garantiza que no tengamos una emergencia. Pero llegar sin estar preparado añade un problema perfectamente evitable al segmento donde la capacidad de reacción es menor.
Ni siquiera IRONMAN considera suficiente entrenar únicamente en piscina
La propia documentación de seguridad de IRONMAN resulta bastante clara. Su programa Swim Smart advierte expresamente que una natación de triatlón en aguas abiertas es sustancialmente diferente de hacerlo en piscina y recomienda que el día de la competición nunca sea nuestra primera experiencia en aguas abiertas.
También aconseja reproducir en los entrenamientos elementos de la competición: temperatura, cercanía de otros nadadores, utilización del neopreno y características del lugar. Para debutantes recomienda además participar previamente en pruebas más cortas o sesiones específicas.No parece una recomendación especialmente revolucionaria.
Y, sin embargo, seguimos encontrándonos personas cuyo objetivo previo a un 70.3 consiste básicamente en demostrar que pueden hacer 1.900 metros seguidos en la piscina.
Saber nadar para un triatlón es bastante más que completar la distancia
No creo que haga falta imponer una técnica perfecta ni convertir a cada debutante en nadador máster. Pero antes de afrontar 1.500, 1.900 o 3.800 metros en aguas abiertas hay una serie de situaciones que deberíamos haber experimentado previamente:
- Nadar la distancia con margen, no simplemente conseguir sobrevivirla una vez.
- Orientarse sin una línea en el fondo y corregir la trayectoria hacia una boya.
- Nadar junto a otras personas y recibir contactos sin entrar en pánico.
- Utilizar el neopreno en aguas abiertas antes del día de la carrera si vamos a competir con él.
- Saber detenernos, flotar, controlar la respiración y recuperar la calma si aparece ansiedad.
- Haber probado condiciones menos perfectas que una piscina: viento, pequeñas olas, visibilidad limitada o corriente razonable y segura.
No necesariamente todo el mismo día ni buscando situaciones peligrosas. Precisamente entrenamos estas habilidades en entornos controlados para que, cuando aparezca un problema durante una carrera, no sea la primera vez que lo experimentamos.
Y tampoco consiste en demostrar que somos capaces de acabar a cualquier precio
Hay otro elemento del caso paraguayo que me parece incluso más preocupante que llegar mal preparado. Cuatro participantes fueron denunciados después de continuar pese a haber sido eliminados tras la natación.
Eso transforma un problema de preparación en otro completamente diferente: pensar que abandonar significa fracasar.
Si una organización nos saca del agua, si excedemos un corte, si las condiciones nos superan o sencillamente sentimos que no podemos continuar de forma segura, dejar una carrera es una decisión deportiva perfectamente válida.
No hay una medalla que compense obligar a socorristas, voluntarios o servicios de emergencia a asumir un riesgo adicional porque nosotros necesitamos terminar para subir después la foto.
¿Deberían las grandes pruebas exigir acreditar que sabemos nadar?
El caso ha abierto incluso esa conversación. El organizador paraguayo reconoció que no tenía forma de saber previamente qué experiencia tenían los participantes. La ficha de inscripción recoge cuestiones médicas, pero no un historial deportivo que permita determinar si alguien ha nadado alguna vez 1.500 metros en aguas abiertas.
La idea de establecer algún tipo de requisito no es nueva. Ya en 2010, después de analizar las muertes registradas en triatlones estadounidenses, investigadores planteaban entre las posibles mejoras de seguridad la introducción de estándares mínimos de competencia, incluida la capacidad de natación.
Aplicarlo no sería sencillo. ¿Qué acreditamos? ¿Un tiempo en piscina? ¿Una travesía? ¿Haber terminado previamente un sprint? Una persona puede nadar rápido y gestionar mal el pánico, mientras otra puede ser lenta pero desenvolverse perfectamente en el mar.
Tampoco creo que la solución inmediata tenga que ser crear un examen obligatorio antes de cada dorsal. Pero que en 2026 una organización haya tenido que comunicar a IRONMAN Global que detectó un grupo numeroso con miedo evidente al agua debería, como mínimo, obligarnos a pensar si el sistema actual confía demasiado en el sentido común de cada participante.
Paraguay tampoco fue una natación normal
Sería injusto cerrar el artículo responsabilizando únicamente a los deportistas. El Paraná presentaba una corriente excepcional después de varios días de lluvia. La propia organización consideró las condiciones suficientemente diferentes como para reducir la distancia de 1,9 a 1,5 kilómetros.
Y no todos los 64 eliminados estaban mal preparados. Un atleta puede entrenar durante meses y aun así no conseguir vencer una corriente fuerte o sufrir un mal día. De hecho, algunos deportistas experimentados también quedaron fuera del tiempo máximo.
Por eso no debemos utilizar el número 64 para afirmar que había 64 personas incapaces de nadar.
Lo que convierte esta carrera en noticia es la combinación: condiciones objetivamente difíciles y un grupo numeroso en el que varios participantes reconocieron preparaciones de apenas unas semanas, mientras la organización había detectado ya el día anterior dificultades y miedo en el agua.
Un Medio no empieza cuando compras la bicicleta
Hay algo bastante curioso en el triatlón popular. Podemos pasarnos semanas comparando bicicletas de cinco mil euros, ruedas de perfil, cascos aero, potenciómetros y zapatillas de carbono y, al mismo tiempo, tratar la natación como un trámite que hay que conseguir pasar.
“Con salir del agua me vale”.
Lo he escuchado muchas veces. Y seguramente todos los que llevamos tiempo alrededor del triatlón también.
Para disfrutar de este deporte no hace falta salir primero ni nadar a 1:20/100. Ni siquiera hace falta ser un buen nadador en el sentido competitivo de la palabra. Pero existe una diferencia enorme entre ser lento y no estar preparado.
Podemos ser el último de nuestra salida y desenvolvernos perfectamente: orientarnos, mantener la calma, saber qué hacer si tragamos agua y completar la natación con seguridad. Eso no tiene nada que ver con entrar confiando en que el neopreno nos mantenga a flote, que el agua esté como una piscina, que nadie nos toque y que haya un kayak cerca si algo sale mal.
El caso de Paraguay probablemente desaparecerá de las noticias en unos días y Pablo Marçal volverá a ocupar titulares por otra cosa. Pero sería una pena quedarnos únicamente con el personaje.
Porque detrás hay una pregunta bastante menos divertida y mucho más cercana:
¿cuánta gente se está apuntando a un triatlón sin estar realmente preparada para nadar en un triatlón?
Hacer 1.900 metros en una piscina demuestra que podemos nadar 1.900 metros en una piscina.
Antes de colocarnos un dorsal, quizá deberíamos asegurarnos también de saber qué hacer cuando se acaba la línea negra.











